Los alumnos de 3º de E.S.O del colegio La Salle Montemolín, pudimos disfrutar de una maravillosa representación teatral basada en la famosísima novela El Lazarillo de Tormes la semana pasada. La compañía encargada de ponerla en escena en nuestro salón de actos fue La Clac.
Ya habíamos leído y trabajado a fondo esta novela previamente por lo que conocíamos su argumento y personajes y no nos fue nada difícil ubicarnos en su desarrollo.
La representación estaba protagonizada por una mujer, Águeda, que era una trabajadora de un mesón y amiga del protagonista de la novela. Ella fue la encargada de ir contándonos partes importantes de la historia de Lázaro mientras preparaba una mesa para ciertos comensales que él había invitado.
Los comensales iban llegando uno por uno mientras Águeda nos hablaba de ellos y esperaba a que unas albóndigas, que hacían “chup, chup” en la cazuela, terminaran de hacerse; esta era la comida que luego pensaba servirles regada con un buen vino.


El primer comensal en llegar fue el ciego, que recordando lo cruel que había sido con su criado, traía su propia jarra de vino; una nueva que compró tras estamparle la anterior en la cara al pobre Lazarillo. Águeda nos habló de los coscorrones que cuando era su amo le había propinado al chiquillo y de cómo se había encargado de que por todo esto Lázaro escapara dejándolo para buscarse a otro a quien servir.
El segundo comensal fue un clérigo que con apariencia de solidario, engañó a Lázaro. Si su anterior amo, el ciego, fue malo, este fue peor. Lo mataba de hambre porque no le daba ni pan para comer y eso que guardaba montones en un baúl bajo llave. Lázaro, listo que era, se las ingenió para robárselo, hasta que lo descubrió y le dio una buena paliza con un garrote. Este invitado trajo a la cena su propia hogaza de pan que no estaba dispuesto a compartir con nadie.
Tras el clérigo, llegó el tercero, un escudero que mucho hablaba de su honra, pero en realidad era tan pobre que Lázaro se veía obligado a mendigar para compartir con él lo poco que conseguía.
El último de los amos que quiso asistir, pero no el último invitado, fue un falso buldero que trataba mejor a Lázaro que sus antiguos amos, pero que llevaba una vida de deshonra y mentira. Tanto es así, que un día para vender sus bulas, no dudó en idear una farsa con el alguacil del pueblo al que llegó y en el que no le compraban ninguna. Todo el mundo atemorizado por lo que le había ocurrido a este al sospechar que las bulas eran falsas, corrió a adquirirlas. Lázaro descubrió después que todo había sido solo un plan de los dos hombres para que el buldero obtuviera beneficios.

La última invitada a esta cena fue la mujer de Lázaro, una mujer infiel, que por todos era conocido que lo engañaba. Pero a él le importaba más bien poco, pues males mayores había pasado en su vida y ahora lo bueno era que tenía algo que llevarse a la boca.
La obra concluía con la mesonera Águeda que, tras servirles vino a todos y cada uno de los comensales, leyó una carta que Lázaro, ausente en esta cena por motivos desconocidos, había dejado escrita para ellos. En la carta les agradecía muy brevemente su asistencia para después pasar a reprocharles sus maltratos, mentiras, vejaciones y humillaciones. Después de escuchar atónitos la carta, todos los invitados morían, pues el vino que Lázaro había enviado específicamente para ellos, estaba envenenado.
Esta representación fue una manera muy entretenida de tratar la novela y de hacernos recordar sus escenas más interesantes. Nos gustó mucho la orientación novedosa que se le dio y sobre todo el final, que quizá hubiera sido muy del agrado de Lázaro.
La participación de compañeros como los personajes invitados a la cena también hizo que la obra resultara más entretenida; ver en el escenario caras conocidas nos dio una sensación de mayor complicidad con los actores.
En definitiva, disfrutamos mucho con la representación y sin duda nos ayudará a que esta bella novela que inauguró la picaresca permanezca para siempre en nuestra memoria.
Ana Cristina Ruesca. 3º ESO A